domingo, 24 de abril de 2011

Cuerpo clandestino

Él vendrá esta noche, clandestino ¿Y no es conspiración con uno mismo lo que intenta cada amante contra el otro? ¿No es conspiración, la de ella, entre sábanas y sombras?

La he visto verse desnuda, y por partes, que es más triste. Estudiarse aplicadamente el cuerpo cebrado por el sol tras las persianas. Comprobarse todavía apta para las ocupaciones de la noche. Si tan sólo pudiera quitarse las manchas de los golpes, el paso de los partos y los otros errores y hacer que él no le sienta al tacto la tristeza, que la afea como un tajo que tuviera en el vientre.

Y después, ¿Todo igual a otras veces? ¿El mismo vendaval de otro macho en la misma cama? ¿Presagios de un futuro que la última vez le duró sólo hasta el momento de desvestirse? ¿El recuerdo de una caricia bajo la almohada con que lleva la cuenta de los años sola? ¿Escritura de preso en las paredes?

Duele recomenzar una conversación después de haber perdido el habla.

Duele resucitar en el espejo y admitirse.

Duele ir tirando de nuevo los botones de la blusa para reconocer el camino de regreso a la cama…

A.F.

miércoles, 20 de abril de 2011

Crónica del Infierno

Aquella Kawasaki no era una moto. Era un avión. Un escape libre atravesando la ciudad.

Estaba en todas partes al mismo tiempo.

Como un Dios, el jinete del casco negro sentía el acelerador temblando en su mano derecha y con él hacía y deshacía mundos a su antojo.

El aire, como ráfagas de cuchillos le rebanaba los oídos y le cortaba los ojos. Un túnel rojo se abría ante él. ¿Buscaba el caos o huía de él?

Sobre esa moto la vida era sólo aceite, ruido y gasolina. Un estropajo de emociones. Huía, buscaba, se rompía. Un animal atado a la velocidad de la máquina. Una máquina atada a un espíritu socavado en sus entrañas.

El mundo giraba con su rutina milenaria, se podrían los mares, todo el verdor sucumbía bajo ríos de cenizas, pero el muchacho de la moto se drogaba con su propia adrenalina. Ríos de ella inundaban sus venas.

Diecisiete años y la vida ya era un asco. Había que escapar. Desbaratarse a 200 kilómetros por hora. Fundirse al caballo metálico hasta volverse hierro también. Huir… huir….

¡Rummmmmmmmmmmmmmmmmmmm!

Su madre en la pensión, lava y lava y lava. Limpia y limpia y limpia. Plancha y plancha y plancha. Se hace vieja, vieja, vieja. Sin cumplir los 40, deambula como alucinada, de cuarto en cuarto, de coleto en coleto, de maldición en maldición, de pena en pena, de lágrima en lágrima. Un atado de tristezas le dobla la espalda en el largo pasillo de la vieja casona colonial.

Afuera un paradójico letrero daba risa: PENSION PORVENIR No. 55.

Cincuenta y cinco putas o maricos o borrachos que arrastraban sus despojos en ese porvenir de mierda.

Aquella bruja en la habitación del fondo (donde gemían gatas en celo) con sus rezos, sus pócimas y sus menjurjes.

Al otro extremo, el viejo paralítico que se babeaba hablando con sus espíritus, y enfrente el policía que se masturbaba detrás de la puerta con un almanaque de la Venus del Milo.

Y el pasillo era cada vez más largo y tortuoso, sembrado de sombras. Puertas laterales con voz propia, crujían las miserias de lo que ocultaban. Desfile de cerdos cada noche en ese pasillo. Sonidos guturales. Y todas esas ventanas abriéndose y cerrándose como locas, agarrándose por las greñas como viejas desquiciadas, berreando rosarios, pataleando, mostrando sus encías desnudas, negras como carantoñas del demonio.

Mares de baba en ese pasillo miserable. Puro residuo. Un sólo revoltijo de saliva y semen y sangre. Y su madre nadando sobre esa muerte y él arrinconado en un albañal con sus hermanitos mamándose esa cultura.

Y ¡Rummmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm! La Kawasaki cogiendo vuelo y la carajita calentándole la espalda con sus tetas erectas por el frío, amarrada a él con las arterias de adrenalina. Y la moto ya es un jet, las montañas van quedando abajo, se apartan las águilas y el muchacho ya es un arcángel, un santo, una vaina que vuela tratando de alcanzar al padre que murió sin garganta para los gritos.

Y el pasillo ya es puro cadáver sin cabeza, un río largo de sangre. Puro cerdo sin entrañas, y él que llega pisando sobre vísceras y corazones resbalosos y va revisando esos vientres abiertos, oscuros, húmedos y la carajita que es virgen y llora entre la neblina… Todo ese asco es rojo o negro. ¿Dónde estás Kawsaki? ¿Quién es esa mujer degollada que cuelga por los pies en una puerta? ¿Quién es ese hombre sin garganta que flota al fondo del pasillo? ¿Quién es ese difunto?

¡Kawsaki! No te lo lleves así tan silencioso, tan sumiso. Deja que suelte sus blasfemias, que patee los cojones de los dioses.

Y el Rummmmmmmmmmmmmmmmmm y la carajita y la Kawasaki que no vienen a rescatarlo de ese charco, de ese miedo. De esa noche rota.

Y la cabeza que se le hincha como un globo al ritmo del pulso, mientras una posibilidad de dentellada emerge con violencia desde la masacre del pasillo, y el muchacho hunde más la cara entre las piernas de la carajita, y se encuentra con la foto de boda de sus padres pudriéndose allí, dentro de ese vientre, en ese útero, en ese saco negro.

Y la Kawasaki es ausencia, el latido es ausencia, la muerte es ausencia.

Quítenle esos cuerpos clandestinos de encima, ese sangrero. Que alguien le dé pólvora o cuchillo.

Quítenle esa crepitación de entrañas.

Déjenlo mear en el aviso PENSION PORVENIR No. 55, y que se vaya con la bruja, la carajita y todo ese muertero para el infierno.

Todos en la Kawasaki haciendo rummmmmmmmmmm, con todas las tetas en la espalada, con todo el escape libre y los difuntos cantándole atrás como a un Dios resucitado.

A.F.

martes, 19 de abril de 2011

Campesina

Fue parida sin su cargamento de abrazos. Desprovista de besos. Ya nació sin las mínimas herramientas para la ternura. Es una mujer que percibo siempre lejos, a través de un agite de pañuelos en despedida. Como si fuera una difunta viva. Inalcanzable. Es una mujer temblando en la distancia de los desamores (siempre los desamores). Nunca pudo andar por sendas de aguas y cielos tranquilos. No supo encontrar esos espacios en las trampas de la vida.

Percibo la errancia de esa mujer pequeña con un dolor siempre a la espalda. Con una ausencia infinita al fondo de sus ojos. Con un dibujo triste en su piel de lunas solas. Nunca brotaron cascadas de risa de su boca. Siempre el rictus. Siempre el ceño amarrado al desaliento. Siempre entrampada entre la miseria y la rabia. Pero qué fuerza tiene entre huesos y nervios, esta mujer que no tuvo soles en sus labios. Ni palabras de futuro. Ni sueños de amor. Ni canciones. Ni el nombre de un hombre al que aferrarse. Sobre el cual llorar. Abandonarse.

Qué fuerza la de esta mujercita que ha vencido el cansancio errático de sus largos pasos. Que se yergue con el rostro amenazante para enfrentar a sus demonios de cada día, y los vence.

Dónde estarán las alas de esta mujer que sobrevoló sobre los arados y los mares. Que sobrevoló su propia vida. Que la va dejando atrás. Sin mirarla. Dónde estará el manojo de estrellas que le pertenece a sus carnes dolientes. Dónde, la copa de vino que inflame su espíritu de luchadora. Ella que batalla, que cae y se levanta, que se aferra a los látigos del relámpago con manos adoloridas, pero siempre firmes. Que llora desde su frente, porque los ojos son el escudo seco de su coraje.

Y sin embargo, su presencia tiene sabor a pan y a cantos. A leche tibia. A regazo añorado. A besos pendientes. A religiosos ritos ancestrales. A palabras de amor en gestación. Su presencia es un ánfora llena por darse. Siempre por darse. Aunque nunca se dé, atados como están sus ímpetus amorosos a su tristeza larga. A su tristeza…

A.F.