martes, 6 de diciembre de 2011

Testamento

Compañera, recibe de mis manos los rebaños de pobres, que llegan desnudos, hambrientos. Vienen de todos los puntos del planeta huyendo de las tempestades de fuego que los execraron. Te los doy para que anclen en nuestra inercia o la rompan.

Mujer, te doy el manojo de sombras que me acompañan. Sombras creadas por los vivos antes de morir. Pero ellas no morirán. Al contrario, podrían matar.

Para recibirlos te doy la alegría o la tristeza del que nada tiene que esperar ni nada pide. Te doy la canción del inmigrante. El suspiro del niño que mira en vano. Te doy la nostalgia del que remontó recuerdos de épocas remotas y ya no sabe a dónde pertenece.

Te doy la indolencia mujer, de quien no encontró nada en su primera comunión ni en la cruz que me enseñaron. Te doy el desconsuelo de un hombre vulnerable, que lleva en sí dolores ancestrales. Los pobres duelen en el costado herido.

Toma a esas manadas de pobres y dales ojos nuevos. Necesitan manos, arados y zapatos también. Necesitan una humanidad que perdí.

Te encomiendo mujer que repiques las campanas de las conciencias antes de que se desaten las descargas de cólera e impotencia de los pobres. Su fuerza indómita, potenciada con pólvora de sus infiernos. Es una cólera santa a punto de abrir sus narices de fuego contra las mansiones y los autos blindados.

Ten cuidado mujer, todo puede estallar y yo ya no estaré. Yo ya fui devorado por las fauces y los engranajes de una vida extraviada.

A.F.

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