domingo, 9 de octubre de 2011

Se busca cuaima de buena presencia

Cuando digo cuaima, no pienso en esa serpiente ágil y venenosa, negra por el dorso, a la que tanto se le teme en Venezuela. Me imagino, en cambio, a una hembra perfecta en dimensiones, capaz de manejarse hábilmente en relaciones peligrosas y con el suficiente espíritu para asumir el adios, antes de que la rutina y el aburrimiento pasen su costosa factura.

Busco a una cuaima que me acompañe a mil kilómetros por hora en el vasto territorio de la imaginación. Que no se detenga a la puerta de lo desconocido. Que se adapte a mi forma animal. Que busque siempre la verdad y que le tema al discurso de las catedrales y de los políticos. Que escape presurosa de las frases hechas y de las doctrinas.

La prefiero salvaje, conocedora del secreto del vino y de los recovecos de la noche. Que tenga mucho kilometraje por esos mundos del pecado.

Tiene que ser inevitablemente morena y tener un corazón construido de locura y alegría.

Tiene que saber hablar con el mar y entenderse con las tempestades de mi piel.

Esta cuaima que pinto no es triste, pero sabe llorar como un río cuando se traiciona a la nobleza o se le rompen los sueños a los niños.

Esta cuaima tan especial, se arrima a las gentes sencillas, escoge las cosas más simples de la vida, y su risa liviana y transparente vuela con los pájaros. No soporta la soberbia de los poderosos ni la hipocresía de quienes se dan golpes de pecho.

Esta cuaima, esta mujer, es un ser extraño y escaso. Un ejemplar en extinción quizás, pero vale la pena buscarla para entregarle por un rato mis insomnios. Si llega a mi puerta, colocaré en mi mesa una botella de vino francés o italiano, le cantaré alguna canción de Serrat y dispararé fuegos artificiales. Puede que entonces ocurra una guerra animal.

Después la contemplaré desnuda hasta el amanecer, borracho de su belleza. Entonces, un rayo de sol la vestirá y el camino será de nuevo suyo. Porque una cuaima así, una hembra, una mujer de este calibre, no es para domesticarla en casa.

A.F.

viernes, 7 de octubre de 2011

Por un instante, la vida

(Dedico este texto a mi Ximena, amor total)

Hoy es un día hermoso. Hoy ríe desde mi boca el universo. Y pienso incluso que los Unicornios existen. Y por tanto existe la utopía. Y hay sueños como panes para llevar al horno. Si todos los días fuesen así, decidiría vivir un poco más. Coquetearía con las horas como si fuesen hembras en celo. Danzaría un ritual de cuchillos a punta de cintura. Esta imagen resume la vida. Mi vida. Ese celaje del acero que roza mis arterias y sigue hacia el vacío excita mi espíritu y me hace relámpago vital.

Del nacimiento a la muerte hay dos eternidades. A las dos las ahuyento con este sol mío que hoy llevo por antorcha. Hoy soy un insurgente del latido. Un soldado de la imaginación. Podría saltar de un rascacielos sin herirme. Enfrentar fusiles humeantes con la sorna del que se sabe Dios. Hacer el amor con Afrodita. Pastorear en vuelo una manada de elefantes. Acelerar mi moto en la vía láctea. Arrancarle los clavos a Cristo para quemar la cruz y su fardo milenario de sufrimientos. Quiero romper con mi sílex el alba para liberar cascadas de amaneceres y que corra libre la vida como las aguas.

Hoy guardo el látigo de la lengua y envaino la espada con la que suelo herir la página en blanco. Hoy, por un instante quizás, tuve la visión sincrónica del universo. Percibí su maquinaria exacta en su infinitud. Entendí fugazmente la armonía de la que soy parte. Y cada átomo mío, lo vi repetido en el cosmos, engranado a la vida. Me sentí una pieza infalible de la totalidad. Y todo este milagro fue posible sólo porque detuve el pensamiento un instante, y dejé que el niño que me habita, inmaculado aún, mirara por los míos con sus ojos sublimes.

A.F.

lunes, 3 de octubre de 2011

Por esa pena, mamá

Una mañana, en aquel pueblo que lava su costado sobre el Orinoco, mi madre me despertó un tanto animada. Con unos ahorritos que había acumulado bolivita a bolivita, me iba a comprar mi traje de primera comunión, a pesar de lo escépticos que éramos en casa respecto a la religión. El traje iba a ser oscuro, quizás para que desde niño sintiera la urgencia de vestirme como un caballero. Buscaríamos además una camisa blanca y una corbatica negra de quita y pon y unos zapatos negros de charol.

Inflamado con su ímpetu, yo la acompañé feliz, como si ese traje nuevo me fuera a abrir una ventana insospechada sobre un paisaje imaginario donde todo era posible. Sí mamá, a pesar de la pobreza, ese ajuar de caballerito, me empujará a ser un abogado respetable, un gran político o el sueño mayor: un gran músico. Un músico mundial mamá. Sí mamá, encarnaré tu sueño sólo para que no sientas esa tristeza secular. No soporto sentir esa tristeza que tú sientes.

El traje que íbamos a comprar tenía que ser bueno, barato y holgado para que no me quedara chico demasiado pronto. Además, poco vistoso, para que la gente no se diera cuenta de que era el único.

Ya con la bolsa de la compra en la mano, salimos de la tienducha de nuestro barrio para ir a casa. Entonces mi madre me dio un tirón de la mano y me señaló con un gesto a un personaje que avanzaba entre el gentío alegre de esa mañana. Era un hombre alto, delgado, de mirada airosa encubierta, que yo interpreté como un elegante desdén. Vestía de gris oscuro, largos zapatos de gamuza y corbata rojo sangre. Colocados como al descuido sobre su frente relucían unos anteojos Ray Ban de moda.

Pasó junto a nosotros, casi rozándome, aquel aparecido citadino. Y al mirarlo sentí que dentro de mí se abría un enorme agujero por el que mi cuerpo quería escapar para incorporarse al cuerpo de esa visión. Ser parte suya aunque no fuera más que su sombra, o descuartizarlo en pedacitos para apropiarme de su porte, color, seguridad para mirarlo todo sin miedo, no sólo porque lo tenía todo sino porque era el todo. Yo en cambio no era nadie, o eso al menos era lo que había aprendido de la tenaz tristeza que gravitaba sobre mi casa.

Lo vimos entrar al banco y con un suspiro de mi madre seguimos caminando, porque no podíamos quedarnos allí, lelos, que era lo que nos apetecía. Después supimos que se trataba del hijo de un empresario y hacendado, que acababa de regresar de Europa. Mamá suspiró de nuevo al saberlo. Si sólo lo conociéramos, él podría colocarme en pocos años en alguno de sus engranajes de negocios y yo tendría el futuro que no tuvieron ellos. Pero no sólo por eso suspiró mamá. Suspiró también por la nostalgia incurable de su mirada dolorida que comenzaba a dolerme incurablemente a mí. Mi madre suspiró por el temor de lo inasible, de una idea fantástica, abstracta. Por la pena y sufrimiento que causa lo inalcanzable. Por la humillación que produce saberse incapaz de alcanzarlo. Por esa pena suspiró mi madre esa mañana. Por esa pena y el torbellino de penas que se tramaban en su destino para los próximos 50 años.

A.F.