lunes, 3 de octubre de 2011

Por esa pena, mamá

Una mañana, en aquel pueblo que lava su costado sobre el Orinoco, mi madre me despertó un tanto animada. Con unos ahorritos que había acumulado bolivita a bolivita, me iba a comprar mi traje de primera comunión, a pesar de lo escépticos que éramos en casa respecto a la religión. El traje iba a ser oscuro, quizás para que desde niño sintiera la urgencia de vestirme como un caballero. Buscaríamos además una camisa blanca y una corbatica negra de quita y pon y unos zapatos negros de charol.

Inflamado con su ímpetu, yo la acompañé feliz, como si ese traje nuevo me fuera a abrir una ventana insospechada sobre un paisaje imaginario donde todo era posible. Sí mamá, a pesar de la pobreza, ese ajuar de caballerito, me empujará a ser un abogado respetable, un gran político o el sueño mayor: un gran músico. Un músico mundial mamá. Sí mamá, encarnaré tu sueño sólo para que no sientas esa tristeza secular. No soporto sentir esa tristeza que tú sientes.

El traje que íbamos a comprar tenía que ser bueno, barato y holgado para que no me quedara chico demasiado pronto. Además, poco vistoso, para que la gente no se diera cuenta de que era el único.

Ya con la bolsa de la compra en la mano, salimos de la tienducha de nuestro barrio para ir a casa. Entonces mi madre me dio un tirón de la mano y me señaló con un gesto a un personaje que avanzaba entre el gentío alegre de esa mañana. Era un hombre alto, delgado, de mirada airosa encubierta, que yo interpreté como un elegante desdén. Vestía de gris oscuro, largos zapatos de gamuza y corbata rojo sangre. Colocados como al descuido sobre su frente relucían unos anteojos Ray Ban de moda.

Pasó junto a nosotros, casi rozándome, aquel aparecido citadino. Y al mirarlo sentí que dentro de mí se abría un enorme agujero por el que mi cuerpo quería escapar para incorporarse al cuerpo de esa visión. Ser parte suya aunque no fuera más que su sombra, o descuartizarlo en pedacitos para apropiarme de su porte, color, seguridad para mirarlo todo sin miedo, no sólo porque lo tenía todo sino porque era el todo. Yo en cambio no era nadie, o eso al menos era lo que había aprendido de la tenaz tristeza que gravitaba sobre mi casa.

Lo vimos entrar al banco y con un suspiro de mi madre seguimos caminando, porque no podíamos quedarnos allí, lelos, que era lo que nos apetecía. Después supimos que se trataba del hijo de un empresario y hacendado, que acababa de regresar de Europa. Mamá suspiró de nuevo al saberlo. Si sólo lo conociéramos, él podría colocarme en pocos años en alguno de sus engranajes de negocios y yo tendría el futuro que no tuvieron ellos. Pero no sólo por eso suspiró mamá. Suspiró también por la nostalgia incurable de su mirada dolorida que comenzaba a dolerme incurablemente a mí. Mi madre suspiró por el temor de lo inasible, de una idea fantástica, abstracta. Por la pena y sufrimiento que causa lo inalcanzable. Por la humillación que produce saberse incapaz de alcanzarlo. Por esa pena suspiró mi madre esa mañana. Por esa pena y el torbellino de penas que se tramaban en su destino para los próximos 50 años.

A.F.

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