miércoles, 12 de octubre de 2011

Seis cuerdas para un siglo

Ella lo había amado. ¡Lo supo –ahí- en aquel parco anochecer de mayo! Fue cuando él acariciaba –remiso- aquellas cuerdas con delicada avidez. De inmediato dejaba de ser y entonces era su música. Ella vagaba –urgida y ligera- entre las ventanas del tren de Las Fresas. Ceremoniosos saludos de los sauces escapaban de su mano sobre el vidrio húmedo de soles. El trémolo era entonces sus labios. Después, a ella el aire –breve, escaso- se le suspendía de las cornisas. Era entonces cuando su estampa se menguaba –de a poco- justo antes de doblar la esquina. Y se llevaba por largo rato la chispa de la luna. Y los agitados molinos rotos. Y era casi un siglo nomás.

A.F.

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