Grabada quedó aquí la memoria de tu estirpe difusa. Te han legado la grava y el cincel y las calles ventosas en las últimas cuevas del Sur, cuyos techos son el cielo sin límite. Caminas entre los zarzales de la niebla, en el frío, en el calor. Eres tu lobo cazador. Capaz de rescatar lo que no se ve. El horizonte otea y jadea ¿O eres tú? Lobo pulcro y azul, como si la fiereza supiese ser pura…
Pero la lucha se privilegia frente al amor, se enaltece a sí misma con su hierro en tensión y su inflexible grito de guerra. Aquel rayo que lanza lo indomable tiene amor pero quiere muerte. El lobo y tú nacieron en la lid, cuya más íntima quietud es combativa, cuyo más ávido temblor es tan sereno.
A. F.
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