domingo, 25 de septiembre de 2011

Palabras desencadenadas

El difunto de hoy será olvidado mañana y del amor que arde hoy en llamaradas sólo quedarán cenizas mañana. El tiempo vive de hurtos. Es un tesoro breve y sería un desperdicio no invertirlo íntegro en amar.

No llamen a mi puerta, entonces. No interrumpan mis silencios, que tengo levantado el canto hacia adentro. Tengo cerrados para el mundo de hoy cuerpo y espíritu. Pero lleno mi casa para ella, de estrellas, de flores y de pájaros, antes de partir sin sueños de eternidad.

Quiero vivir este día por sus cuatro costados. Vivir hoy antes de arrancar la hoja del almanaque. No importa que el día lleve el nombre de un santo. Es mi día y todo comienza hoy. Incluso el inicio de los siglos de los siglos. Hoy no voy a mirar atrás hacia lo que no existe. Ni hacia mañana que es sólo una promesa en la niebla.

Importa comer hoy, beber una copa de vino. Tomarse de la mano. Regalar unas flores. Amar hoy y decir la palabra que había silenciado. Después, tratar de llegar a mañana. Y si mañana llegase la muerte, no importa porque habría vivido con el sol pleno de hoy.

Disfruto hoy hasta las piedras. Cabalgo sobre potros de fuego contra el viento que intenta sofocarlos. Renazco en plenitud con la mañana luminosa. Tengo la secreta palpitación de la belleza de este instante. Las olas nacen y mueren en el mismo minuto. Y no me hablen de esperanza. Sólo es una palabra ramera como tantas. A su lado siempre hay una guadaña afilada.

Algún día o mañana, mi rostro, como las fuentes, huirá bajo la tierra o caminará sobre la noche como el humo de los altares. Mañana olvidaré mi hora, mi misterio. Me vencerá la muerte, pero hoy, estas manos pueden herir algunos versos y esta piel puede mezclarse con la de ella, sin promesas de futuro.

Y cuando no sea nada, siempre tendré el secreto del vértigo: una centella en la tormenta, rayando el instante o un eco sordo que se pierde en la nada. Es útil saber que vivir es sólo curvarse hacia la muerte.

Y tú, si sabes escuchar el silencio, quédate conmigo mujer desnuda, y espera que llegue la oscuridad a mis ojos. Y no intentes descifrarlos. Sería en vano. Mientras, déjate llevar por mi fuego y mi derroche nítido de estas horas que preceden al nuevo día; y ayúdame a escribir un poema claro, sombrío, sabio, ingenuo. Y no me llames extravagante.

A.F.

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