Un barco extraño de una sola vela y sin timón.
Sobre ese barco que viene de los tiempos y no busca rutas voy de capitán y marinero. Íngrimo entre olas y amaneceres aferrado a una brújula dañada sobre el sur.
No hay otro hombre a bordo de mi barco cargado de viejos romances y de historias de abordajes.
Todo lo dejé atrás. Todo. Para habitar aquí en una marea de horizontes y enfrentar monstruos o demonios que no hablan ni hieren, pero me acosan desde sus miradas extraviadas más allá de la sin razón.
A veces toman forma de tigres o leones con grilletes al cuello. Reman como esclavos contra un mar que devora los remos, y trata de abarcarnos entre sus saladas mandíbulas de Dios embrutecido.
Otras, son aves agoreras negras como la noche que trazan su danza de la muerte sobre este capitán que ya no manda.
Yo los reto a atacar porque mi desprecio reina sobre el mar y la vida.
Pero escapan al escuchar mi aullido en el viento contra los mástiles y ver mis brazos en cruz contra la brisa como una vela humana.
Y transido así, sobre la proa intacta, dibujo abstractos mapas para un retorno dulce hacia el puerto de los imposibles.
Este barco extraviado a la deriva es mi tierra, mi patria y mi bandera.
Tiene sobre cubierta las huellas de amores pasados y en sus cañones oxidados hay acordes de guitarras, brindis con vino a cielo abierto y camaradas de torso desnudo, que sólo hablan de muerte y no de vida.
Este es el sueño en el que quise entrar rompiendo mi voluntad. Aquí navegan todos mis amores perdidos.
Y nunca despierto de este sueño y nunca duermo.
Pero por grande que sea esta desesperación ninguna ausencia es más honda que la tuya. Tú, mi puerto, mi brújula, mi luz y mi agonía.
A.F.
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